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En las librerías españolas desde 1 de Septiembre.

Traducción de Carlos Acevedo

 

 

Sinopsis:

Nueva novela de José Luis Peixoto. Un recorrido por la inmigración portuguesa. Libro narra la historia de Ilídio, un chico pobre que vive en una aldea del interior de Portugal. Ilídio es abandonado por su madre, que emigra ilegalmente a Francia a principios de los años 40 del siglo XX, y lo deja con Josué, un albañil del pueblo que, sin serlo, le hace de padre. Ilídio crece en el pueblo, en un ambiente de pobreza típico de los pueblos portugueses durante el fascismo, hasta que, más tarde, también él emigra ilegalmente a Francia con Cosme, su mejor amigo. Los motivos para ir a Francia son distintos: Ilídio va detrás de la chica a la que ama - Adelaide - y Cosme lo hace para escapar a la guerra colonial. El final de la primera parte nos cuenta cómo ambos se adaptan al nuevo país. En la segunda parte, el protagonista es Livro, el hijo de Ilídio y Adelaide, que cuenta su historia - pinceladas de su infancia y adolescencia - y, con más detalle, su vida actual - los últimos años en París y el regreso con su madre a Portugal.

 

Lee en PDF las primeras páginas del libro.



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publicado às 13:52

 

Una Lisboa sin tiempo donde viven, sueñan, aman, trabajan y mueren los personajes de esta historia. En el corazón de un taller de carpintería se encuentra el cementerio de pianos, lugar donde los instrumentos, a semejanza de los seres que los rodean, han dejado de funcionar y se encuentran suspendidos entre la vida y la muerte. Lugar de exilio voluntario donde se reflexiona y se hace el amor, lugar de lecturas clandestinas, espacio recóndito de adulterios, patio de juegos infantiles donde se encadenan las generaciones.

Padre e hijo actúan como narradores e intercalan sus vivencias desde épocas y prismas diferentes. Desenmascaran la historia de la familia, en un lenguaje de sombras y luces, de silencios y risas, de miedos y esperanzas, de culpabilidad y perdón. Relatan historias de amor, urgentes e inevitables, hirientes, en las que el abandono, la violencia doméstica y los errores redimidos acaban siendo anulados por el poder de la ternura y el afecto. Hablan de muerte, no para indicar un fin, si no la renovación de una generación a otra.

 

 

Título: Cementerio de pianos [Cemitério de Pianos]
Autor: José Luís Peixoto
Traducción de: Carlos Acevedo
Número de páginas: 312
Editorial: El Aleph Editores
Fecha original de publicación: 2006 (en portugués)
País: Portugal
ISBN: 978-8476697917

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publicado às 22:00

 

Tras el gran éxito de crítica cosechado con su Cementerio de Pianos (Aleph, 2007), José Luís Peixoto publica en España su última novela de la mano de El Aleph Editores.

 

Peixoto, “una de las mayores y sorprendentes revelaciones de la actual literatura portuguesa” en palabras de José Saramago, nos presenta en su última obra una parábola violenta de la sociedad actual basada en los habitantes de una casa.

 

Una casa en la oscuridad es una fábula onírica, inquietante y seductora, que nos traslada a un mundo bestial y tenebroso en el que existe una casa que, cada año, durante un mes, se halla en la oscuridad más absoluta. Allí vive el narrador y su silenciosa madre, sumida en un dolor. Lo acompañan, además, una joven y dedicada esclava y una multitud de gatos. De algún modo, se halla también la mujer amada por el narrador: la heroína de una novela que él intenta escribir al tiempo que lucha contra la oscuridad que cada día gana terreno en la casa. Entonces llegan los invasores y con ellos la casa se transforma en asilo de seres impedidos, casi convertidos en bestias y en la guardería de los hijos de éstos. Mutilado en su capacidad de escribir, soñar y amar, el escritor apenas logra salvarse de la muerte en vida por la fuerza amorosa de los niños.

 

Ficha técnica

Título: Una casa en la oscuridad | Autor: José Luís Peixoto | Editorial: El Aleph Editores| Colección: Modernos y Clásicos | Numero: 288 | Precio sin IVA: 17,31 € Precio con Iva: 18€   | Páginas: 272 | Formato: Rústica con solopas | Publicación: 25 de Septiembre de 2008 | Género: Novela | ISBN: 978-84-7669-827-3

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publicado às 19:00

Nadie nos Mira

15.09.10

 

José mira el sol de frente y piensa. Piensa en la mujer y en lo que el diablo le dijo sobre ella en la venta. Y piensa el día en que las cigarras se callarán en la llanura y las ramas más finas de los alcornoques y de los olivos se tornarán piedra. Treinta años más tarde, José, hijo de José, mira el sol de frente y piensa. Piensa en la mujer de su primo y en lo que el diablo le va a decir al primo sobre ellos en la venta. Y piensa en el instante en que nada quedará, ni siquiera el silencio que guardan todas las cosas al mirarnos. Nadie nos mira marca, afirmémoslo sin sombra de duda, el surgimiento de una voz radicalmente nueva e importante en el panorama literario portugués contemporáneo. Una voz de la que a partir de ahora no podemos prescindir. Una voz que se afirma desde las primeras páginas de esta novela y arrastra inexorablemente al lector hacia lugares, emociones y encuentros de una belleza —terrible como sólo la belleza puede ser— nunca antes entrevista, que desemboca en un territorio tan inmenso, en una vastedad tan grande que sólo la llanura los podría contener, que sólo un sol del tamaño del universo los podría iluminar.

 

 

Dossier de Prensa

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publicado às 18:00

Introdución de Luis Sepulveda a la edición italiana de Una Casa en la Oscuridad/ Uma Casa na Escuridão (Una Casa nel Buio, La Nuova Frontiera, 2003)

 

 

Primero conocí la poesía de José Luis Peixoto, cautivadora, impecable y llena de una extraña fuerza que combina los ineludibles guiños a los poetas mayores de lengua portuguesa, con la visión de un creador joven, entendiendo la juventud –no como una absurda”promesa”- como el ejercicio más amplio de la curiosidad.

 

Luego, me acerqué a la prosa de Peixoto y la lectura de “Nenhum Olhar “ me dejó el extraordinario buen sabor que siempre dejan los autores que, empiezan a contar su historia desde la primera línea, y son fundadores de un espacio, de un territorio, de un universo que sólo es posible en la literatura. Los mapas de la literatura no tienen cuatro miserables puntos cardinales, tienen muchos, su cantidad es infinita, y esto es algo que Peixoto evidencia con singular maestría.

 

Así, el lector de Peixoto se asoma a las páginas de “Uma casa na escuridâo” con la disposición de participar en una aventura cuyo escenario, cuyo territorio es presentado por el autor como la única normalidad posible. En este caso, Peixoto se ha decidido por la oscuridad, mas no por la oscuridad de los ciegos o de la simple ausencia de luz. La oscuridad de Peixoto es una alegoría de la decadencia imperial, del fin de una época pasado, presente, o por venir, acaso del fin de todos los tiempos.

 

Mientras leía “Uma casa na Escuridâo” no dejaba de pensar en cuánto hubieran disfrutado de esta novela escritores como Lezama Lima, Julio Cortázar, Borges y Calvino, pues esos maestros nos enseñaron que uno de los grandes desafíos de la escritura-tal vez el mayor- es resolver con acierto el “inmiscuir” todo el bagaje de lector del escritor, sin que esto se transforme en un lastre, en un elemento de distracción respecto de la trama, o en una triste demostración de vanidad.

 

José Luis Peixoto lo resuelve con envidiable maestría, su escritura es en todo momento fresca, ágil, envolvente, y al mismo tiempo es sostenedora de toda una herencia literaria universal.

 

Recuerdo una conversación con Juan Carlos Onetti, en ella, el gruñón maestro uruguayo me decía que desconfiaba de las novelas escritas por poetas –sólo excluía a Homero-, porque se les notaba demasiado “la mano de poetas”, para mal de la novela.

 

Onetti también habría disfrutado con la lectura de “Uma casa na Escuridâo”, pues en la novela de Peixoto, ciertamente que se nota su mano de poeta, pero al servicio del fin que se impuso como narrador, y que es el crear destellos de intensa luminosidad, que orientan –y el lector no dejara de agradecerle- en el territorio de la oscuridad, de una oscuridad condensada como una genial metáfora de las decadencias imperiales, de una oscuridad densa como sólo puede ser la oscuridad presentida de una fila de sepulcros, en las que están; mi padre, el padre de mi padre, el padre del padre de mi padre, seis generaciones, y al final, la mía.

 

La escritura de Peixoto es limpia e inteligente. En ninguna de sus páginas el lector encontrará esas abominables “última verdad” u otras paparruchadas que caracterizan la imposibilidad de narrar de muchas y muchos literatos, y la remplazan por un urgente decir algo, cualquier cosa que cubra sus vacíos. Y esto es algo que también el lector agradece a Peixoto. Estamos frente a una escritura sobria, de portuguesa sobriedad, que le permite, por ejemplo, escribir, narrar, la más bella e intensa descripción de la soledad: A partir de un simple e ingenuo ejercicio de jugar con los restos de luz atrapados en los párpados, el protagonista-narrador crea un personaje dentro de él, es una mujer, es La Mujer, y la llevará siempre consigo con la terrible certeza de que no habrá más cercanía que la permitida por la oscuridad. Esa es la invención de la soledad.

 

Peixoto no puede-y no debe- prescindir del enorme poeta que habita en él. Como Poeta, es consciente del poder fundador de las palabras, y como narrador sabe hacer de ellas el sólido elemento que sostiene la arquitectura de la novela. Sin la menor pretensión de “experimentalismo” literario, reitera desde la oscuridad, repite frases que una vez más orientan, otorga a las palabras una sensual cadencia que ilumina. No es contradictorio sostener que estamos frente a una novela muy visual, cargada de imágenes, de fotoramas, es particularmente significativo el recurso de prescindir de las mayúsculas en los nombres propios, pues nada debe perturbar el paseo por “Uma casa na Escuridâo”. En esta novela el lector no tropieza con nada, pues nada debe interrumpir el lento e inexorable decaer, desear el fin, el fin de la oscuridad.

 

José Luis Peixoto nos conduce por el laberinto de sentimientos, precisos o confusos, de perplejidad o resignación, de rebeldía o desconsuelo. Nombra y vuelve a fundar esos “Elementos del Desastre” a los que alude Álvaro Mutis, y lo hace “ como si desapareciera una letra del alfabeto y, a partir de ese momento, todos los libros tuvieran que ser escritos sin esa letra”.

 

Estamos pues frente a un escritor maduro. Frente un estupendo narrador portugués.

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publicado às 16:31

Introdución de Antonio Muñoz Molina a la edición italiana de Nadie nos Mira/Nenhum Olhar (Nessuno Sguardo, La Nuova Frontiera, 2001).

 

 

¿A qué país, a qué epoca pertenecen las historias que cuenta y los personajes que retrata José Luis Peixoto? Ese paisaje, esa aldea, parecen ajenos al mundo, tan inaccesibles a los mapas de la realidad como el tiempo en el que las cosas suceden parece alejado del nuestro, incluso de cualquier sucesión histórica. La aldea, que no tiene nombre, carece no ya de contactos con el mundo exterior, sino de vínculos posibles con cualquier espacio que a nosotros nos resulte habitable, incluso verosímil. El tiempo no es el que mide los años numerados y lineales, sino un tiempo circular de estaciones agrarias, de tareas en el campo que no varían nunca, igual que nunca varían las vidas de las personas, ni tampoco las de las generaciones: lo que alguien hace, lo hará para siempre, hasta que la extenuación o la muerte lo aniquilen; lo que hacen los padres lo harán también los hijos, los nietos, los bisnietos, porque el trabajo y el sufrimiento forman parte de una fatalidad, de una maldición como la que al principio del Génesis condena a los hombres a ganarse el pan con el sudor de la frente y a las mujeres a parir con dolor. Los raros toponímicos que definen este lugar ajeno al tiempo y exterior al mundo tienen referencias bíblicas. El demonio acecha en la taberna de Judas como la serpiente espiaba en el paraíso terrenal, con la diferencia de que, en este caso, no hace falta que él actúe para que la maldición se cumpla, porque maldición y desgracia no son circunstancias posibles sino rasgos permanentes de la vida.

 

Y sin embargo, la geografía de este lugar también es muy precisa, y su tiempo puede sernos familiar: incluso puede traernos recuerdos de una época no demasiado lejana a algunos de sus lectores. José Luis Peixoto ha creado un espacio cerrado como el de las leyendas, un tiempo giratorio como el de los cuentos, pero espacio y tiempo, con un poco de atención que se pongan, son tan eficazmente realistas como alucinatorios: este es un mundo por el que circulan gigantes de maleficio y en el que el demonio a dministra los sacramentos en la iglesia y el vino en la taberna, pero también es el mundo rural y la geografía de un país muy concreto, de la parte más pobre y atrasada de un Portugal que se parece mucho al sur y al sudoeste de España: el secano, los rebaños de ovejas sobre la tierra polvorienta, los cereales, los alcornoques, los olivos. Y también, más allá de la geografía, o imponiéndose sobre ella como una marca candente, la injusticia social, el abismo entre los ricos y los pobres, la economía atrasada que condena a los trabajadores a una subsistencia miserable y se basa en la rutina y en el absentismo de los propietarios: la casa de los ricos, en el libro, es un espacio misterioso, sombrío, deshabitado, en el que una voz cuenta historias desde el interior de un baúl, y sin embargo también tiene una existencia literal en tantas casas de señores que viven parásitamente el capital de una tierra que apenas conocen y sobre la que afirman la soberbia de su rango. La casa de los señores podía ser uno de esos cortijos blancos que todavía perduran en el campo andaluz, y esos personajes que forman en el libro una galería de espectros o de monstruos los ha visto y los recuerda uno de su infancia rural, o se le han aparecido en sus pesadillas o en las historias que le contaban sus abuelos.

 

Esa doble naturaleza del texto define también la experiencia de su lectura: todo es muy raro, y al mismo tiempo es muy familiar; las cosas suceden fuera del tiempo, y también en el interior de un pasado histórico, perfectamente identificable; las historias, las personas y los objetos reconociblemente reales tienen un aura fantástica: lo imposible se cuenta con la naturalidad de lo cotidiano. Esa ambigüedad tiene también su reflejo en una escritura que se desliza de un registro a otro sin que nos demos mucha cuenta, de la narración casi de realismo social al rapto visionario, de la voz a la conciencia, del relato minucioso de los trabajos del campo a la tirada casi bíblica sobre los infortunios del ser humano sobre una tierra eternamente ingrata. El lector se ve obligado a un ajuste constante de su manera de leer y de sus expectativas: en un párrafo está reconociendo una imagen de pobreza rural que parece recobrada de su infancia, y al siguiente se verá en la necesidad de descifrar una posible alegoría. La crónica y la fábula se yuxtaponen, igual que las conciencias entre las que salta la narración, a las que poco a poco uno aprende a irles dando identidad y nombre, apoyándose en ellas para reconstruir en su propia imaginación una historia incierta, fragmentada, oblicua, como las historias que cuentan o presencian o callan los personajes de William Faulkner, o los de los cuentos de Juan Rulfo: no es casual que estos dos autores hayan creado también sus mundos narrativos a partir de las vidas de los más pobres, los más pegados a la tierra, los encerrados en formas de conocimiento que deben menos a la racionalidad que a las mitologías más primitivas y tenaces.

 

Nos sofoca este mundo: nos envuelve su fatalidad de una manera tan asfixiante como la que sufren quienes viven en él, como nos envuelven las líneas de esta escritura a la vez descarnada y barroca, o la reiteración cíclica de las desgracias, o el testimonio de un continuo esfuerzo que no da fruto: leo estas páginas y me estremece una sensación muy parecida a la que empecé a tener según iba alcanzando el uso de razón y comprendía, en el ejemplo de mis mayores, que el trabajo en el campo –en un campo pobre y atrasado- es lo que más se parece a una maldición primitiva, a las más antiguas de todas, las que formulaban aquellos profetas judíos también crecidos en tierras de sol ardiente, poca sombra y agua escasa. Lo que ha sucedido una vez va a seguir sucediendo siempre: una prostituta ciega tendrá una hija que será también ciega y prostituta y que transmitirá ese destino a la hija que nazca de ella; la casa de los señores permanecerá vacía e intacta generación tras generación, del mismo modo que los árboles tienen las mismas hojas cada año y la tierra ofrece las mismas cosechas, y los animales engendran crías idénticas a ellos. El mundo acaba de empezar, y sin embargo es más antiguo que la memoria de los más viejos, y lo único que se sabe del porvenir es que en él se repetirán los mismos abusos y desgracias, las mismas derrotas de la inocencia y el vigor.

 

Y como en las historias y en las sociedades primitivas, en el centro de todo está el acto de contar, en el origen del mundo está la palabra, y también en su fin. De todos los personajes que pueblan esta galería de fantasmas, este catálogo de monstruos que se parecen tanto a gente que hemos conocido y de la que nos hablaron cuando éramos niños, los dos más elusivos, y los más inquietantes, son dos: esa voz que cuenta siempre en una casa vacía, en el interior de un baúl; ese hombre que escribe en una habitación sin ventanas, ajeno al mundo y al tiempo, y sin embargo haciéndolos nacer del acto mismo de su escritura, como un dios obsesivo y arrogante, como escribe cualquiera que al dejarse llevar por lo que está haciendo se olvida de la luz del sol y del exterior y es como si viviera y escribiera tapiado; como cuenta quien se apasiona tanto por el acto de contar que seguiría haciéndolo como esa voz de la casa deshabitada, que da noticias de otro mundo que sin embargo es sombríamente el nuestro.

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publicado às 16:23

Critica de Historias de Nuestra Casa (título de la edición uruguaya de Cal + Morreste-me/Te me moriste).

 

 

Historias de nuestra casa (Casa editorial HUM, Montevideo, 2009) compila veintidós cuentos y poemas del escritor portugués José Luís Peixoto (Galveias, 1974). En esta edición aparecen traducidos al castellano Morresteme (2000) y los cuentos y poemas publicados en Cal (2007), que incluyera además originalmente una obra teatral. El libro fue presentado por el autor en el Centro Cultural de España de Montevideo el 6 de octubre de 2009.

 

En estas historias se aborda la diversidad cotidiana de un pueblo. Los relatos transitan por los mundos afectivos y las vicisitudes de mujeres y hombres que envejecen. Este concierto humano testimonia tanto la variedad de vivencias de estos personajes como sus distintas maneras de desarrollar el proceso de envejecimiento; e integra a las edades jóvenes, que como las mayores, crecen, quieren vivir y mueren. Son tierras donde los campanarios dan todavía sus lentos toques fúnebres y las señoras mayores comprenden en ese aviso a quién le tocó partir.

 

El autor sigue el precepto de describir la aldea. Sus textos se elaboran, principalmente, sobre la vida en zonas semi-rurales del Portugal actual, haciendo de estos pagos de puertas sin trancar, el escenario principal de los relatos. Con referencias visuales o sonoras ubica el medio de vida, las huertas, los montes y caminos, la represa o las plantaciones de olivos y alcornoques. Mientras que los episodios de la historia de la comunidad son mojones en la biografía de los personajes. Desde los pequeños sucesos del pueblo, al acontecimiento nacional de la Revolución de los Claveles que puso fin, el 25 de abril de 1974, a la dictadura más larga del siglo XX europeo.

 

Algunos relatos tienen un fuerte carácter testimonial. Desarrollando los cursos afectivos que componen las relaciones entre las personas. La máxima cercanía del autor con sus personajes, se plantea en "Ver a mi abuela" o "Te me moriste", escrito en memoria de su padre. En ningún caso esto se agota en lo anecdótico del hecho, sino que oficia de punto de partida para la creación de la trama poética.

 

Sensible cronista de la cotidianidad, Peixoto utiliza en sus narraciones el despliegue de los distintos puntos de vista que pueden tener los personajes sobre los hechos. Así como lo que pueden llegar a pensar los actores de un relato sobre ese mismo relato. Un hombre acerca de quien ha escrito, se entera de tal cosa. Pasa las tardes en la plaza desde que dejó de trabajar en el campo. "El hombre que está sentado" explora la situación en primera persona de un hombre viejo a quien le fueron a contar que "el hijo de Peixoto" (p. 37) había escrito sobre él. La muchacha que le contó y tiene el libro probatorio, no puede explicarle a qué se debería tal cosa. Ese aparente sinsentido lo hace desconfiar, resistiéndose a que se lo lea. Ella -cuenta el hombre-, tiene estudios y por eso fue desde Lisboa a trabajar en la Junta local. Él no aprendió a leer. "Sabes que, en aquel momento, la gente podía hacerlo. Ese fue el gran disgusto de mi madre: nueve hijos, siete muchachas y dos muchachos, y ninguno pudo aprender a leer" (p. 37). El hombre se queda con el libro y la curiosidad acumulada de un día al otro, desembocará en la oportunidad de un nuevo encuentro.

 

A la transformación en la percepción y preferencias artísticas con el correr de los años, lo puede acompañar una reflexión que intente dar un sentido nuevo a los cambios vividos. "Por las noches releía libros que había leído hacía mucho tiempo. En las páginas de esas noches, existía la luna y era como si, a medida que los releía, reconociera lo que había leído un día en aquellas páginas. Había momentos, frases, en que pensaba y sentía exactamente lo que ya había sentido y que, al mismo tiempo, era como si fuera la primera vez" (p. 62).

 

Algunos de estos personajes que envejecen viven con sus familias. Otros, solos, van procesando duelos y volviéndose a enamorar. Un hombre que enviudó hace unos años comenta: "Durante meses no supe vivir. Después, muy despacio, como un vicio que se recupera, fui encontrando pedazos de mí" (p. 61). "Despacio, resucitaba, era viejo y nacía" (p. 62). Este hombre podrá luego escuchar las voces de otros amores, además de las de sus hijos y nietos. "Fue uno de esos días que conocí a Mariana. Su voz diciéndome: Mariana" (p. 62). Después: "Su voz diciéndome: Beatriz" (p.62). Y luego: "Una voz muy tímida: Susana" (p. 63). Los comentarios de los vecinos, claro, también podían escucharse.

 

En aquel entonces, una mujer: "Tenía más de ochenta años y esa es una edad de decisiones para toda la vida" (p. 9). Variaciones de este motivo estructuran "La edad de las manos". El movimiento del relato podrá hacer pensar que a cualquier edad las decisiones son nuevas orientaciones de la vida.

La relación entre las ancianas, con sus maneras, entreteje las tareas del día con las novedades públicas y privadas del pueblo: "En ocasiones, entra en la casa de las vecinas. Las puertas están abiertas. Las vecinas entran en su casa. Y se quedan a hablar. Bajan la voz cuando no quieren que nadie las oiga aunque estén solas, cuando hablan de alguien: sabes qué le pasó a, y dicen un nombre cualquiera. Tratarse de tú es la prueba inusitada de que, en otro tiempo, fueron jóvenes, fueron muchachas con ideas sobre lo que serían cuando tuvieran la edad que tienen" (p. 94).

 

La dimensión intergeneracional es mostrada con sus beneficios recíprocos. La relación del narrador con su abuela, es mutuo reflejo de sus vidas: "(...) me llama: mi José Luís. Su voz es delicada porque, como los objetos, es antigua. (...) Lo importante es que nos quedamos juntos por momentos, nos vemos. Damos sentido el uno al otro" (p. 96).

 

El libro no cae en una idealización de los lazos entre generaciones. La muchacha de "La vida junto al río" fue besada por un joven y transgredió en poco más de eso. La consecuencia lógica para su madre sádica es encerrarla. "(...) me agarraron el tobillo y lo atraparon en una esposa de hierro, que estaba atada a una cadena, que estaba atada a una pared, que estaba dentro de la pared. Cerraron la puerta. Me quedé tendida en el piso" (p. 105). La madre, durante algún tiempo, llevaba a cenar a los postulantes que estimaba convenientes. "Las criadas envejecieron. Mi madre envejeció. Yo envejecí. Dejaron de venir hombres a verme" (p. 106 ). Cuarenta años después, la madre muere y llega a término la condena. Nada quedaba entonces de aquel hermoso muchacho. Hasta el árbol viejo, donde la aguardaba su ausencia, había sido talado. Anciana y deforme, sale al mundo hablando con Dios. Hablaba con él hacía tiempo. "En una de esas tardes indistintas unas de las otras, Dios entró en el cuarto. Moví la pierna y las cadenas se movieron. Dios se sentó a mi lado. Sus ojos eran tristes. Dios me tomó la mano y lloramos" (p. 107). "Estoy vieja. También Dios está viejo. Nos sentamos juntos y pensamos. El tiempo es más leve. Ni yo ni Dios esperamos nada" (p. 108).

 

Con este tipo de vínculo situado entre la metafísica y el delirio, empieza y termina la primera parte del libro. Se inicia con la historia de Ana, quien convive con su niño de luz: el ángel.

 

Si bien en un comienzo "Ana, a veces, se sentía tan vieja como si hubiese nacido el primer día del mundo" (p. 12), este relato aborda en sus reglas de juego el tratamiento de la temporalidad con la reversibilidad del envejecimiento. Mientras que en "La mujer que soñaba" el transcurso del tiempo es elaborado por yuxtaposición. Dos épocas que aparecen alternativamente. La mujer en su vejez y juventud, una y otra vez. Sus sueños y sentimientos una vez despierta, se anticipan a un tiempo y son luego reminiscencias. Sobre el final del relato se presenta el máximo de tensión entre ambos tiempos, superponiéndose.

 

La narrativa que presenta José Luís Peixoto en este libro, aborda al envejecimiento y la vejez con acierto y fina mirada sobre la multiplicidad de situaciones y de formas de su desarrollo.

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CAMBIO 12, EDICIÓN DE 1/12/2007 (pdf)

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LEER, EDICIÓN DE 1/12/2007 (pdf)

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